Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua la autoestima es una valoración generalmente positiva que el sujeto hace de sí mismo.

Otros diccionarios coinciden con esta definición en términos generales al plantear que es la opinión emocional profunda que los individuos tienen de sí mismos, la forma en que las personas se sienten con respecto a sí y de como se valoran.

Redundando en este sentido algunos compendios señalan que la autoestima es el sentimiento valorativo que se tiene de sí, de la propia manera actuar, de quien se es, y que incluye el conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran la personalidad del sujeto.

La autoestima se relaciona con la autoconfianza del propio potencial para alcanzar los objetivos propuestos, y que se deriva de la comparación subjetiva que hace el sujeto en relación con los demás, si esta valoración es satisfactoria se habla de una autoestima positiva, si no lo es se señala como autoestima negativa.

La autoestima suele integrarse con otros términos semejantes como son el auto-concepto, la auto-imagen, la auto-evaluación, o la autovaloración, con los que a veces se confunde, pues todos implican un juicio del propio valor, que según Rogers, constituye un conjunto organizado y cambiante de percepciones referidos al propio sujeto, respecto a los atributos, cualidades, defectos, capacidades, límites, y valores que el individuo reconoce como propios de sí, que lo describen y que integra como datos objetivos de su identidad.

En suma, la autoestima es un juicio sobre el propio valor, en el que se incluyen además de los rasgos físicos de la persona, también a las cualidades, las aspiraciones, los intereses, los sentimientos, y demás componentes de la personalidad.

PARTICULARIDADES EDUCACIÓN INFANTIL

La autoestima está íntimamente relacionada con la valoración de sí mismo. Algunos autores plantean que es la unión de dos sentimientos: El sentimiento de capacidad personal (yo puedo) y  el de valía personal (yo valgo).

La capacidad personal es entendida por estos autores como la habilidad para enfrentar los problemas y éxitos que se presentan en la vida, tener confianza en sí mismo, y la valía personal es sentir el derecho a ser feliz y por tanto a buscar, defender y hacer todo aquello que nos haga sentir bien.

El niño pequeño está en el proceso de desarrollo y construcción del sí mismo, que comienza muy tempranamente con la diferenciación del yo, el reconocimiento de la imagen corporal ante un espejo, el llamarse en primera persona, en el reconocimiento de lo mío y en el desarrollo de la autovaloración, que empieza primero por la evaluación del otro con el cual se compara, y más tarde con el reconocimiento y evaluación del comportamiento propio, ya en los finales de la etapa, a los cinco a seis años aproximadamente.

Es preciso desde que el niño comienza a diferenciarse de los demás y surge la conciencia del yo, que se comience a trabajar la autoestima.

Las actividades deben dirigirse a que el niño aprenda a aceptarse, a quererse y sentirse satisfecho tal cual  es, tanto físicamente como en lo relacionado con sus cualidades psíquicas, a aceptar sus errores y trabajar por enmendarlos, gozar de sus éxitos y trabajar por disminuir sus fracasos sin que lo lastimen.

También es indispensable para el buen desarrollo de la autoestima en el niño que se realicen actividades donde se desarrolle la confianza en sí mismo, en sus crecientes posibilidades.

Es recomendable que el educador tenga siempre presente que un simple comentario sobre un error del niño hecho en forma inadecuada, una evaluación mal manejada, puede ser tomada por este como un rechazo, que seguramente puede traer malas consecuencias, a veces irreparables, y perjudicar el sano  desarrollo de la autoestima.

Sucede que en ocasiones se daña la autoestima de un niño por expresiones o actos de rechazo, que son inconscientes para el adulto pero perceptibles para el niño, por ejemplo: no prestarle atención, no darle un espacio para que actúe y se exprese, no darle el afecto que él necesita, no comunicarnos o comunicarnos poco con él, etc.

Se debe tratar al niño como una delicada flor, que puede estropear sus pétalos, a veces con solo una mirada esquiva o una frase mal dicha.